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El hombre y su trascendencia a través de la espiritualidad

    El hombre y su trascendencia a través de  la espiritualidad Por: Dr. Juan Alfredo Polo Espinosa Imagen de Stock de Canva Pro El problema real de la existencia humana radica en el cuestionamiento: ¿Hay una vida después de la muerte? Esta pregunta que aun sigue siendo planteada por muchos filósofos, teólogos, antropólogos, etc., continua siendo la piedra angular de religiones en su tarea por responder de manera más asertiva a lo que ocurre al atravesar el pequeño umbral de la muerte. Pero ¿De dónde le surge al humano el deseo de trascender? Ernest Blonch (2004), menciona que por naturaleza el individuo nunca se sacia y siempre desea tener algo más, lo que a su vez lo vuelve un ser incompleto pero perfectible, pues de esta necesidad es que surge su superación y deseo de alcanzar algo más. Bajo esta idea Ernest menciona que la trascendencia se genera por una simple necesidad: supervivencia. La trascendencia es la acción de moverse de un lugar a otro, lo que de entrada sig...

Ética en TANATOLOGÍA

 

 Ética en TANATOLOGÍA

“Los caminos éticos de la Tanatología”

Por: Lic. Katya Vega Castro



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La tanatología está condicionada fuertemente por la ética. La afrontación ante la muerte y la labor del tanatólogo son, en su origen, asuntos totalmente éticos. Es necesario que el tanatólogo conozca, comprenda y reflexione sobre la importancia de la ética en su oficio de manera que pueda entender también la ideología y creencias de su paciente. Para que esto suceda es imprescindible notar la imposibilidad de sostener un cientificismo en la vida.

La tanatología es una actividad ética en todos sus sentidos. La muerte es de hecho uno de los pilares en los que se sustenta el cuerpo ético y moral de la vida, quizá tanto como la concepción de la felicidad.

No es del todo claro, sin embargo, cuáles son las tesis o planteamientos éticos que fundamentan la existencia y el proceder de la tanatología. Su común confusión con la bioética, por ejemplo, obscurece cuál es realmente el propósito del tanatólogo al apaciguar el sufrimiento por la muerte, ya sea en el paciente, en sus familiares, o la extensión a veces inocente por cualquier duelo.

Es necesario, por lo tanto, esclarecer ciertas preguntas que deben estar siempre presentes en el oficio de la tanatología, tales como: ¿En qué creencias y sustentos descansa el desarrollo de una terapia sobre la muerte? ¿Acaso el tanatólogo ha de comprender cuáles son los fundamentos éticos en la ideología de su paciente para poder ayudarlo? Si esto es así, ¿hay algún punto en común bajo el cual podamos atender a la muerte independientemente de las creencias de aquel que la sufre? Esto, por último, nos llevará a cuestionarnos por la posibilidad de un “código” o “cuerpo de reglas” que guíen al tanatólogo en su proceder ético, esto es, en su proceder en general.

Con el fin de analizar y explicar esas preguntas indagaremos en cuáles son las condiciones que posibilitan la existencia de la tanatología y el porqué de su estrecha relación con la bioética. Tomaremos, además, algunos escritos religiosos y filosóficos que muestran claramente cómo es que nuestra concepción ética sobre el mundo y la muerte necesitan estar casi siempre aparejadas con un serie de pensamientos éticos, en su mayoría, religiosos.


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2. Imposibilidad de una tanatología materialista


Nos encontramos bajo paradigmas científicos que determinan la mayor parte de nuestra concepción del mundo. La naturaleza, en general, está explicada ya por leyes físicas, químicas, biológicas, entre otras. El hombre parece no estar tan explicado. No obstante, sabemos y admitimos que provenimos de una especie similar al mono, que somos producto de la evolución, así como toda la naturaleza lo es, y que la teoría evolucionista y genética no están sustentadas de ninguna manera en algo incognoscible, en Dios, en artimañas de la fe. 
Nuestros sentimientos, pasiones, conceptos morales como libertad, felicidad, etc. están no hace mucho explicados ya por las neurociencias y algunas otras teorías científicas. El hombre, para nosotros, es una serie de relaciones materiales que actúan por medio de hormonas, substancias, etc. y que nos determinan a enamorarnos, a sentir y a casi todo lo que podamos pensar que nos caracteriza como humanos.

Esto, aunque aceptado sin dificultad en nuestros tiempos, comenzaba a tener vigencia desde hace ya algunos siglos. En el Origen del hombre Darwin ya se propone explicar paso por paso todas aquellos rasgos que la especie humana cree como propios y que los hace superiores a los animales; estos rasgos son rastreados en diversas especies con las compartimos nuestra forma de actuar. Son sobre todo los conceptos morales los que Darwin intenta unirlos materialmente con su teoría de la evolución: “como no podemos distinguir los motivos, llamamos morales todas las acciones de cierta clase llevadas a cabo por un ente moral, el cual no es más que un ser capaz de comparar sus acciones o motivos pasados y futuros, y aprobarlos o desaprobarlos”.

Claro que las argumentaciones llevadas a cabo en este tratado dependen del estudio hecho en El origen de las especies. Sin embargo, es donde Darwin muestra más claramente cómo es que podemos explicar al hombre sin la necesidad de entidades y órdenes metafísicos.

Parecería que podemos explicar incluso la moral materialmente, bajo supuestos como la adaptación, la sobrevivencia, y los grupos sociales creados con normas que tienen justamente el fin de sobrevivir y de adaptarse. 


La cuestión que nos inquieta es si acaso es posible mantener el oficio de la tanatología bajo una presuposición del hombre y del mundo como una serie de relaciones materiales y causales. Pues la muerte vista biológicamente no debería de extrañarnos ni perturbarnos en lo más mínimo, sería tan sólo un proceso más de degradación. 


“Por la violencia tan frecuente en la vida cotidiana actual, […] llega a suceder a los profesionistas del área de la salud, quienes con un pensamiento biologista consideran a la muerte como un evento natural, normal y cotidiano, dándole una interpretación solamente científica y técnica.”


La bioética y el reciente interés por los médicos, psicólogos, filósofos y otros miembros de la comunidad científica han necesariamente de atender a la muerte como un suceso que no puede ser visto sólo biologicamente, como bien señala el Jefe de Unidad de Investigación de la facultad médica de la UAQ.  

Y, en realidad, el problema de no poder sustentar a la muerte desde una vista materialista no sólo concierne a la tanatología o al concepto mismo de muerte; es un problema ético, o, con mayor precisión, es la posibilidad de la ética misma. 

Es imposible dar una respuesta ante cómo debemos de actuar, qué es el bien, qué es la felicidad, cómo actuar ante la muerte, etc. si presuponemos que somos materia que actúa por medio de leyes. Esto no significa que rechacemos la postura materialista del todo, sino más bien que notamos que ella no resuelve los problemas más importantes del hombre.

La tanatología, por lo tanto, ha de presuponer un orden ético independiente a las relaciones naturales-materiales con el fin de inmiscuirse en qué es la muerte y cómo ayudar a su paciente a apaciguar su sufrimiento. 

¿Esto significa que el tanatólogo debe acudir a la religión y tener como supuestos la existencia de Dios o de alguna especie de vida más allá de la muerte? No necesariamente. Significa más bien tan sólo admitir que no puede desempeñar su oficio sin suponer un orden ético. 

3. La carga ideológica del paciente


Bajo esta premisa, ahora hemos de plantear cómo ha de comprender el tanatólogo a su paciente. Aquel que necesita de la terapia de un tanatólogo por estar pasando alguna afrontación con la muerte, por el propio hecho de ser humano, carga ya con una ideología y distintas creencias que lo hacen afrontar la muerte de una forma particular.
El tanatólogo ha de ser capaz de moverse y comprender las distintas formas de ver el mundo de sus pacientes, pues el sistema ético en el que desempeñen su vida y las reglas morales a las que estén adscritos serán la clave para un diálogo y aceptación de la muerte.
Así, por ejemplo, si nuestro paciente es cristiano, hemos de esforzarnos por comprender la vida y la muerte desde el cristianismo. La carga ideológica del hombre es el meollo de su proceder ante la muerte.

Las reglas y mandamientos morales a los que se entrega el paciente en su religión pueden ser aún más poderosos que cualquier cosa que intente probar el tanatólogo. La concepción sobre el bien, sobre el mal y la ética en general dependerán de esto. Así vemos la forma de vida que lleva el cuaquerismo, por ejemplo, cuando afirman que “El Amigo tenía una vida interior para atender y obedecer, no principalmente un credo en el cual creer; y fue esta vida la que se desarrolló en los grupos cuáqueros, un cuerpo común de verdades en las cuales ellos buscaron tener firme certeza.”

Estas verdades en las cuales “buscan su certeza” son el fundamento de la vida y de su actuar en los hombres cuaqueristas. Si bien intentan salir del dogma y los “Artículos de Fe”, proponiendo más bien aquellos impulsos que llevaron a la creación de la Sagrada Biblia, terminan, sin embargo, dando un sentido a la existencia, aunque éste sea personal.

También lo notamos en la encíclica del Papa Francisco, quien comunica la preocupación de la Iglesia por problemas ambientales que, en realidad, jamás habían llamado su atención. Pero la exhortación de este pequeño libro al hombre cristiano por cuidar del ambiente está también fundamentado en su propia religión.

Si bien el Laudato si es una encíclica que intenta hacer de los problemas éticos tratados no sólo un asunto cristiano, sino un problema para todo hombre que es racional y es habitante de esta tierra, finalmente el “cuidado de la casa común” descansa en el supuesto de que es la casa que Dios nos ha brindado y quiere que protejamos: 

“Porque no se puede proponer una relación con el ambiente aislada de la relación con más personas y con Dios. Sería un individualismo romántico disfrazado de belleza ecológica y un asfixiante encierro en la inmanencia.”

Es en este sentido en el que el Papa propone un cuidado del medio ambiente intercedido por la religión. Sabemos, sin embargo, que esta encíclica también está dirigida al hombre no cristiano. Resultaría interesante reflexionar sobre el carácter religioso o no religioso del cuidado del medio ambiente y la posibilidad de que todo hombre, independientemente de sus creencias, tenga los mismos fines con respecto al planeta. No obstante, nos podemos quedar con esta cita donde el Papa expresa la importancia de que nuestro comportamiento esté encaminado hacia el servicio de Dios, o bien al servicio de la humanidad; el cuidado del ambiente en un sentido individualista es sólo un romanticismo ecológico. 

Hasta ahora hemos visto cómo es que la religión o conjunto de creencias a las que pertenece el individuo condicionan y determinan su concepción ética del mundo y, por lo tanto, su actuar frente a la muerte. Surge el siguiente problema: ¿Acaso el tanatólogo ha de funcionar como una especie de comodín, moviéndose dependiendo de las diferentes creencias que pueda tener el paciente sin tener él mismo una? Nos referimos a lo siguiente: Si el tanatólogo comprende y realiza su terapia parándose en el cristianismo para tratar a un hombre cristiano, del cuaquerismo para tratar a un hombre cuaquerista, o incluso desde una perspectiva científica para tratar a un médico, etc., ¿habría posibilidad de que el tanatólogo mismo tuviera un juicio propio y una forma “universal” desde la cual abordar a sus pacientes y al problema mismo de la muerte?

Parece ser que el tanatólogo debe poseer algún marco común en el cual pueda sostenerse para ayudar a su paciente, independientemente de las creencias a las que éste pertenezca. La posibilidad de este “marco común” implicaría también la existencia de un código de ética que circunscriba la labor de los tanatólogos.


4. Una ética del sentido común


Sabemos que la existencia de una “ética del sentido común” es dudosa y ha sido tratada por diversos filósofos y pensadores. Los orígenes de la ética y la posibilidad de un modo del actuar humano que corresponda a cada uno de los hombres en cada una de las épocas, es decir, una ética esencialista, es un problema difícil de resolver. 

No obstante, creemos que el tanatólogo necesita de una base ética desde la cual pueda ayudar a la resolución de los problemas de sus pacientes. Sin esta base, en realidad, no tendría ningún punto de referencia para ayudar al paciente fuera de sus creencias o ideologías; no podría siquiera presentarse un diálogo racional entre el tanatólogo y el paciente, algo totalmente necesario para nuestra labor. 

La existencia de una ética común a todo humano es una tesis apoyada por la reflexión inherente a nuestra razón. En efecto, todos nos preguntamos acerca de la muerte; nos asombramos de su existencia. El hecho de que tengamos ciertas creencias que determinen cómo reaccionamos ante ella no condiciona el asombro que parece ser mucho más puro. 

A su vez, el acercamiento a la muerte, ya sea a causa de la vejez o de la enfermedad, nos enfrenta y nos pone en el camino de la reflexión. Así lo vemos en la boca de Céfalo, el anciano de la República: “cuanto más se marchitan los placeres del cuerpo, tanto más aumentan los deseos y los placeres de la conversación”

La aparición del tema de la muerte en los diálogos platónicos no suele adscribirse a una religión o ideología específica; más bien propone abordarla como cualquier humano, de una forma racional –entendiendo por racional algo común a todos, a diferencia de las diversas religiones en las cuales no parece tener sentido discutir unas con otras--. En la Apología de Sócrates vemos el carácter más humano ante la muerte: la incertidumbre: “yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros se dirige a una situación mejor es algo oculto para todos, excepto para el dios.”

La filosofía, en general, suele atender al problema de la muerte desde una perspectiva menos prejuiciada que otros ámbitos. Y, aunque esto no es siempre cierto si indagamos profundamente, debemos de notar que quizá el campo donde la tanatología podría apoyarse con más facilidad para su planteamiento ético es posiblemente en la filosofía.

No necesitamos los tanatólogos, sin embargo, ser expertos en filosofía para poder proceder éticamente con nuestros pacientes. La tanatología puede y debe abordar la muerte desde distintos campos para tener una visión más amplia al ayudar al paciente. La filosofía puede sernos valiosa al indicarnos con mayor claridad qué es exactamente lo que hacemos y lo que queremos hacer.

Así, por ejemplo, cuando Séneca escribía sus Consolaciones, no hacía tratados filosóficos. Aquellos a quienes les componía una consolación para ayudarlos a minimizar su sufrimiento ante la muerte de un ser querido y cercano, no eran doctos en la filosofía ni esperaban un tratado filosófico como consolación. Sus escritos, pues, provienen de un hondo sentimiento y comprensión de la muerte; cosa que se muestra por el carácter de sus reflexiones aptas para cualquier humano de cualquier época: 

“no te voy a inducir a normas tan estrictas que te aconseje sobrellevar lo humano de manera sobrehumana y quiera secar los ojos de una madre el día mismo del funeral […] la cuestión que vamos a dirimir es si el dolor debe ser profundo o interminable”

Es cierto, sin embargo, que Séneca pertenecía a la tradición estoica y que la mayor parte de su ética depende de los fundamentos filosóficos que inculca el estoicismo. De la misma manera sucede con otros pensadores, quienes están adscritos a una corriente específica. Con los ejemplos citados, no obstante, creemos demostrar que no necesitamos ser estoicos y comulgar con otras ideologías para entender y reflexionar sobre la muerte desde una base enteramente racional y común a todo hombre.

Así pues, proponemos que el tanatólogo considere y comprenda todos los aspectos hasta ahora explicados. Debe ser capaz de reflexionar sobre los puntos básicos que implica pensar y enfrentarse ante la muerte. La propuesta, sabemos, no tiene nada de nueva o extraordinaria, sin embargo, es quizá el ámbito ético aquel en el que más nos deberíamos de preparar. 

Sólo de esta manera es posible la resolución de problemas específicos, tales como los dilemas bioéticos. La eutanasia, distanasia, encarnizamiento terapéutico, suicidio asistido, etc. son problemas específicos que sólo pueden ser resueltos con precisión y claridad cuando tenemos en mente todos los aspectos éticos en los que descansan nuestras concepciones de la muerte. 

Por último, la existencia de un código ético para los tanatólogos tendría que estar sustentada en el planteamiento hecho. Pues, en realidad, sabemos que no diferiría mucho de los códigos éticos para médicos o psicólogos. La realización de este código no tendría ninguna relevancia si no hemos entendido el porqué del mismo código. 

Hemos resaltado la necesidad de comprender los aspectos éticos que tenemos ante la muerte para poder realizar la tanatología. Ésta, como hemos notado, tiene un carácter totalmente ético en su proceder, pues el asunto de la muerte es en sí mismo un asunto ético. 

Creemos que los dos escalones que hemos propuesto para abordar el tema –el de la comprensión de la ideología del paciente y el de una ética común que fundamente nuestro oficio—son esenciales para explicarnos cómo es que realmente podemos apaciguar el sufrimiento del paciente a causa de la muerte o la pérdida. En el mismo sentido, reiteramos la necesidad de una perspectiva no-materialista para la terapia y afrontación ante la muerte; punto que creemos de gran relevancia dada la cientificidad en la que vivimos, la cual, sin que siquiera lo notemos, --y sobre todo si la tomamos con seriedad—nos lleva a implicaciones en las que la muerte se vuelve un tema irresoluble y de poca importancia; por lo tanto, si admitimos el cientificismo de la vida, hacemos de la tanatología un oficio imposible, o al menos sin un sentido estricto.

De la misma manera nos parece que estudios que caracterizan a la tanatología, tales como las fases del duelo de Elizabeth Ross, aunque sí definen buena parte de la tanatología, no deben de considerárseles menos prescindibles que los aspectos éticos. 

Las fases del duelo nos ayudan a comprender aspectos psicológicos-científicos de los duelos humanos –de una forma casi biológica--, pero no tienen ningún sentido si no contamos con la reflexión ética que los sustenta. El sentimiento humano ante la muerte es un asunto que no se resuelve con la enumeración de las etapas en las que se desarrolla, aunque no negamos que sean de gran utilidad para la terapia.

Tan sólo en este argumento nos parece ver el meollo de lo que hemos intentado explicar: la necesidad de una reflexión y sustento ético para la tanatología que permita la resolución e investigación de dilemas específicos. 

El eventual código ético que pudiéramos realizar para resolver este tipo de problemas no puede ser siquiera pensado sin antes reflexionar sobre el hombre mismo. Y, en este mismo sentido, los médicos y profesionales de la salud, todos aquellos que en su oficio lidien con la muerte, deben tener una preparación ética y humana. 


Bibliografía

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