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La tanatología, una luz en la oscuridad
La tanatología, una luz en la oscuridad
Por: Dr. Juan Leonardo Hipólito Méndez Sánchez
Introducción
Los efectos mundiales de crisis provocada por la Pandemia de COVID-19 SARS COV 2, comumente llamada coronavirus, todavía se están calculando. Ante el pánico que provocó a nivel mundial, el filósofo alemán Jürgen Habermas expresó que el coronavirus mostró cuán grande es todavía la ignorancia de la humanidad sobre este tema, y algunos otros.
¿Cuáles son los efectos que esta pandemia ha provocado en el ser humano? Se hablará por largo tiempo de los efectos negativos en la sociedad y en la economía.
El XII Congreso Nacional de Tanatología, y el I Congreso Virtual de Tanatología, tiene como lema Tanatología, una luz en tiempos de oscuridad, nos anticipa que la luz la tendremos en la tanatología, pero la oscuridad la tendremos que construir desde la reflexión y la experiencia: qué es eso que está frente a nosotros.
La oscuridad la podremos reconstruir desde tres conceptualizaciones diferentes: una sociedad sin alma, el vacío de la sociedad moderna, y el colapso de estructuras. La luz que emana de la tanatología la proporcionará la espiritualidad entendida como alternativa de re-ligación con el otro, o con el Otro.
1. Una sociedad sin alma
Desde la perspectiva de Victoria Camps que un problema importante que debe abordar la reflexión acerca del Covid 19 es que se está dando en el contexto de una sociedad sin alma (2001), esto tendría diferentes implicaciones. Pareciera que se trata de una sociedad muerta, en donde ya no hay lugar para dar un giro y empezar a generar estructuras y sistemas que nos hagan ser mejores personas, más humanos, más espirituales. Es una sociedad sin alma probablemente porque aquello que nos anima ya no responde a los intereses del ser humano, sino que lo que mueve a la sociedad gira en torno al sistema económico, que ha hecho de la vida humana y todo lo que le rodea una mercancía, que se rige por las leyes del mercado.
Una sociedad humanista supone que el centro de las actividades humanas sea la persona humana, y a los valores que rigen la vida del ser humano, tanto de manera individual, como en la acción social. Se ha caracterizado el humanismo por ser un movimiento literario y filosófico que ubica a la naturaleza humana y sus límites, y a los ideales e intereses de la persona, como centro o fundamento de la reflexión.
El humanismo exalta la dignidad de la persona y su libertad. Reconoce la historicidad como el espacio donde el ser humano lleva a cabo sus actividades. En síntesis, el humanismo es un reconocimiento a la naturalidad humana.
Una sociedad deshumanizada modifica el centro de las actividades del ser humano, desaparece la persona humana, y coloca cualquier otro interés en su lugar. Vivimos una época fuertemente marcada por el valor de las mercancías, como eje de las relaciones sociales. El desarrollo de la tecnología aplicada al cuerpo humano corre el riesgo de sufrir este sesgo, pensar más en mejorar la capacidad de producción, a partir de mejoras en el propio cuerpo, que no puede ser considerado de manera fragmentado por aquellas cualidades que ha sido instrumentalizadas, y que se reflejan en mejores procesos de producción. El valor de la persona es integral, exaltar una dimensión sobre otra implica romper el equilibrio que le es propio. Es factible que las necesidades de la sociedad puedan apreciar en algún momento histórico específico una función más que otra, por ejemplo, en la época de COVID -19, se aprecia de manera notable el servicio de los profesionales de la salud de seguridad pública y de los servicios de apoyo. Esto no significa que se tenga necesariamente una visión parcial de las estructuras de la sociedad, y la prioridad que pudieran llegar a tener está en función de las necesidades que se cubren.
La biotecnología tiene un costo, y suele ser alto, por los procesos de investigación que le anteceden. Al salir el mercado, el costo es mayor porque se le considera como una mercancía más, y como tal se le trata. Humanizar la tecnología supondría que el Estado tuviera que intervenir para proteger a las universidades o laboratorios que llevan a cabo la investigación, invirtiendo recursos en la investigación para bajar costos, o a través de empresas o fundaciones privadas que podrían recuperar parte de su inversión en exenciones de impuestos, o al otorgárseles obra pública, por ejemplo. Los expertos en el tema encontrarán otras formas de reducir los costos de investigación.
La lectura que hace el humanismo de la sociedad sin alma describiría la ausencia del ser humano como eje rector de las actividades sociales, y de la vida misma del individuo. Si una sociedad pierde de vista que lo que debe procurar es la protección de la dignidad de la persona, y abrir espacios para que tenga una calidad de vida acorde con el valor que le es inherente, ha perdido el sentido y su razón de ser.
2. El vacío de la sociedad moderna
El movimiento de la posmodernidad ofrece un marco de interpretación diferente a lo que se podría estar entendiendo como sociedad sin alma. En la perspectiva de Gilles Lipovetsky, el cambio en la sociedad ocurre en la década de los ochenta, y que describe con precisión en la siguiente pregunta:
“¿Cómo llamar a esa mar de fondo característica de nuestro tiempo, que en todas partes substituye la coerción por la comunicación, la prohibición por el placer, lo anónimo por lo personalizado, la reificación por la responsabilización y que en todas partes tiende a instituir un ambiente de proximidad, de ritmo y solicitud liberada del registro de la Ley?”
Esta pregunta que hace Lipovetsky en La era del vacío (1993: 17). El alma que guiaba a la sociedad previa al momento que estamos viviendo era coercitiva y autoritaria, por eso mantenía cierto orden en la estructura social. Se movía en un ambiente de negación y prohibición para el ser humano. La persona era sólo pieza de un engranaje que funcionaba bien si sus integrantes se limitaban a seguir las instrucciones que se les daban, permanecían en el anonimato.
Lipovestky señala que el cambio que viene comienza sustituyendo la comunicación por la coerción. Estamos en la sociedad de la comunicación, aunque para algunos se ha quedado en el intercambio de información, o en la abundancia de la información. El cambio radical se da en la forma de vivir:
“La cultura posmoderna es descentrada y heteróclita, materialista y psi, porno y discreta, renovadora y retro, consumista y ecologista, sofisticada y espontánea, espectacular y creativa; el futuro no tendrá que escoger una de estas tendencias, sino que, por el contrario, desarrollará las lógicas duales, la correspondencia flexible de las antinomias.” (Lipovestky, 1991: 11)
Lo que ahora vivimos implica una suerte de hedonismo social, donde lo que importa es vivir cómodamente, la felicidad está en disfrutar de todo aquello que causa placer a la persona. La libertad es fundamental y busca llevar a la persona a vivir una vida divertida y alegre. El buen humor es básico para resolver los momentos complicados de la vida. La libertad y el buen humor son fundamentales en la sociedad posmoderna, pero no alcanza para llegar a ocupar el lugar del alma de la sociedad.
Esta revolución individualista tuvo un efecto negativo en la construcción del tejido social, exalta al individuo por encima de la sociedad, se abandonan las viejas utopías revolucionarias para dar lugar a la seducción como eje estructurador de relaciones sociales.
El siguiente momento que plantea Lipovetsky es contrastante. Esta sociedad hedonista y liberada de la coerción de las leyes y las obligaciones fracasó, no porque se anule a sí misma, al contrario, seguimos viviendo en una sociedad que tiende al hedonismo. El problema está en las estructuras sociales que no supieron acoplarse a estos cambios, y que no responden, en consecuencia, a las nuevas necesidades de la persona. Ni la política, la educación, la religión, la familia, ni la política, entre otras han sabido responder a estos cambios, por eso señala Lipovestky (2008) que vivimos en la sociedad de la decepción.
Justamente esta decepción es la incapacidad del Estado y de las instituciones sociales para responder a las exigencias sociales, anticipan que tampoco hay una preocupación por dirigir el desarrollo de la biotecnología y sus aplicaciones en el ser humano para dar lugar a una mejor calidad de vida, sin violentar la dignidad de la persona.
La respuesta ante la sociedad que no supo responder a los retos de una nueva sociedad la ubica Lipovestky en una sociedad de la ligereza (2016), no se abandona el hedonismo y la personalización de la sociedad, pero si se atenúa el activismo por cambiar a la sociedad. Se propone vivir en una sociedad ligera, sin presiones, cool, que deje llegar las cosas en un proceso que evite una vida intensa, sin prisa.
Una sociedad sin alma podría entenderse como una sociedad en donde se ha perdido el rumbo de las relaciones humanas, y en donde prevalece un criterio utilitarista al tomar decisiones sobre lo que se debe aceptar o no. Ante una aparente o real apatía social, la medicina humana avanza sin tener otro límite, que la posibilidad del éxito en su aplicación.
Una sociedad sin alma se construye con vidas líquidas:
“La vida líquida, como la sociedad moderna líquida, no puede mantener su forma ni su rumbo durante mucho tiempo […] la vida líquida es una vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constante”. […] La vida líquida es una sucesión de nuevos comienzos, pero, precisamente por ello, son los breves e indoloros finales -sin los que esos nuevos comienzos serían imposibles de concebir- los que suelen constituir sus momentos de mayo desafío y ocasionan nuestros irritantes dolores de cabeza.” (Bauman, 2006: 9-10)
En consecuencia, la sociedad sin alma implica la existencia de vida líquidas, precarias y fugaces, de las cuales no se pueden derivar criterios rectores que no estén sujetos al cambio y a la transformación. Los criterios para construir la vida humana son inciertos, pues la vida social tiene comienzos y finales intermitentes en la manera de construir un mundo de vida para el ser humano. Estos son los desafíos que debe asumir la bioética en el momento de llevar a cabo una reflexión bioética sobre el impacto de la biotecnología en el ser humano, concretamente, con las vacuna contra el coronavirus que inician su aplicación este lunes 8 de diciembre en Inglaterra, y que están por aplicarse en todo el mundo.
3. El colapso de las estructuras
Cuando se habla del daño que el Covid ha provocado en el ser humano, se suele priorizar el daño a la salud física o mental y las muertes que han ocurrido como consecuencia directa o indirecta de virus que nos ha sometido.
Como se comentó en el panel sobre el Covid 19 el día de ayer, se han dañado las diferentes estructuras del ser humano. En la tanatología hay diferentes maneras de llamar a la pérdida del sujeto que termina por el alterar su propio mundo de vida.
El colapso de estructuras no se refiere a las estructuras de la sociedad en las cuáles el sujeto se inserta como ser social. Se trata más bien de las estructuras internas del sujeto, de la dimensión biológica, psicológica, social o espiritual que conforman al ser de la persona.
A lo largo del XII Congreso de Tanatologia Transpersonal se ha reflexionado sobre la alteración que la pandemia ha provocado en las dimensiones del ser humano. En un programa de radio, el lunes 13 de abril, el Dr. Marco Polo Scott y quien esto reflexiona tuvimos un intercambio de ideas respecto del concepto de colapso de estructuras y su probable aplicación a la situación que se vivía en ese momento. Se reconoció que la vida de las personas había cambiado, pero que probablemente aún no se podría hablar de un colapso de estructuras. Sin embargo, también se comentó que lo que estaba ocurriendo en la persona debía ser atendido por la tanatología, independientemente de que no estuviera la elaboración de un duelo de por medio. El momento previo al duelo, y tal vez al colapso de estructuras -que aún no da lugar al duelo-, tendrá que ser abordado también por la tanatología. Sobre todo, en los momentos en que la pandemia nos ha descubierto hasta qué punto somos vulnerables cuando se alteran las estructuras humanas.
Del nivel de alteración de las estructuras básicas de la persona tendría que ser la respuesta del sujeto, que podría conducirlo, inclusive, a resignificar su fundamento de vida, o de plano a reconstruir su sentido de vida. La vulnerabilidad que provoca en la persona puede llegar a tener consecuencias fatales para la persona. Durante esta pandemia hemos visto, el aumento de conductas producidas por la vulnerabilidad. Se pueden documentar casos de personas que se han suicidado al enterarse de estar contagiadas por el virus.
A la situación que le provoca la pandemia al ser humano se le podría llamar también como crisis existencial, sobre todo por el efecto que tiene la muerte sobre el círculo más cercano a la persona que fallece. En esta ocasión, el impacto alcanza a quienes se llegan a enterar de la muerte del otro.
Está documentado el sentido que tiene la muerte para el sujeto como generadora de finitud en el ser humano, y como límite que abre la posibilidad de una trascendencia a otra dimensión de existencia. En consecuencia, el sentido de la muerte para el ser humano lo debe llevar a considerar el propio sentido de vida, diría el Dr. Marco Polo Scott (2019b) al reflexionar sobre lo que ocurre en el proceso de la vida a la muerte.
Del colapso de estructuras o de la crisis existencial que pudiera vivir el ser humano, se pueden derivar las llamadas pérdidas significativas que conducen a la necesidad de reconstruir el sentido de vida del ser humano. Estas pérdidas suelen tener múltiples manifestaciones, en una sociedad sin alma, con estructuras líquidas, y ante una pandemia tan letal como lo es el Covid 19, ha mostrado la fragilidad de nuestra propia vida.
¿Cuáles son esas pérdidas significativas? ¿De qué oscuridad estamos hablando?
1) Dimensión biológica: el impacto está en la pérdida de la vida y en las consecuencias para la salud, dependiendo de la edad del paciente, la presencia de hipertensión y diabetes en el paciente, así como las condiciones físicas que presenta, preponderadamente la obesidad, el tabaquismo y el alcoholismo, aunque afecta también el sedentarismo, y para definir qué tipo de secuelas que podría tener, como consecuencia de la alta letalidad del virus.
2) Dimensión psicológica: las pérdidas de la dimensión psicológica son tal vez las más conocidas: la ansiedad y la depresión tanto individual como colectiva (Gotlieb 2020). Pero también la incertidumbre ante la posibilidad del contagio y la amenaza de muerte que trae consigo, el riesgo de tocar perillas para abrir la puerta o la escalera de los espacios públicos que pudieran estar contaminados. Las pérdidas de rituales sociales tales como el limitar las manifestaciones de afecto y cariño entre las personas, pero también el rechazo del primer círculo de paciente si llega a contagiarse de Covid. Se incrementa el abandono, el aislamiento y la soledad, de las personas de la tercera edad. “No hay forma de hablar con nadie, nos quedamos con nuestro dolor y tristeza” (Gotlieb 20209). Manifestaciones de esta situación que estamos viviendo es lo que algunos comentan como le ha cambiado la pandemia: - Hay una incapacidad para quedarse quieto.
- El sedentarismo.
- Estar constantemente de mal humor.
- Falta de apetito.
- Apetito excesivo.
- Falta de sueño.
- Exceso de sueño.
- Incapacidad para concentrarse.
3) Dimensión social: se ha incrementado la invasión del espacio público en la esfera privada de las personas. Tal vez la primera forma de rechazo esté en que el Estado pretende inmiscuirse en mi vida privada, ordenar mi casa, mi familia y mis costumbres sociales. Ya los medio de entretenimiento se habían asumido, de alguna manera, como generadores del entrenamiento y la diversión de las personas, pero ahora, con las recomendaciones hasta la vida íntima de las personas queda sujeta a esta etapa de “contingencia”.
Muchas personas han perdido la calle como el espacio público por preferencia, como se señalaba al inicio de esta reflexión. La calle no sólo es el espacio para el encuentro con los otros -personas-, lo otro -cosas, objetos, ediciones, parques, templos, museos, etc. Para algunos grupos sociales la calle es el espacio de convivencia por excelencia para reunirse con vecinos, amigos y familia. O, simplemente, la calle me permite estar. Y ahora me amenazan con un virus que se puede contraer en los espacios públicos y en la calle misma.
La pandemia ha tenido graves efectos en los ingresos de las personas. Hay quienes han perdido empleos, o han visto reducidos sus ingresos de manera notable, y, en consecuencia, teniendo un nivel de vida más bajo. Para muchos no ha habido vacaciones, festejos familiares, rituales familiares, celebraciones religiosas, etc.
Me parece que aquí cabe señalar una situación que estamos viviendo como país, que no es producto del coronavirus, pero que se ha dado en este contexto, y ha impactado en el número de contagios y de muertes. Me refiero a las decisiones políticas para prevenir la pandemia, para detectar a las personas infectadas y para establecer un proyecto económico de recuperación. México se ha dividido, está el México de quienes apoyan el movimiento de la cuarta transformación a ultranza, de tal suerte que desde su horizonte de creencias todo está bien hecho. El otro México piensa lo contrario, está arraigada la convicción y la creencia de que no se está gobernando para todo México. Y esto impactó en el manejo y control de la pandemia. Nuestro presidente rechazó el uso del cubre boca, lo consideró ineficaz, y aparece en los actos públicos sin protegerse, y sin proteger a los demás. Apenas el lunes pasado el director general de la Organización Mundial de la Salud pidió a los políticos mexicanos seriedad en el manejo de la pandemia, y al presidente de la República predicar con el ejemplo.
4) Dimensión espiritual: esta perspectiva la profundizaré más adelante, por ahora señalaré los efectos que ha tenido. De entrada hay problemas para establecer formas sociales de relación con el otro, y con lo Otro. La trascendencia característica fundamental de esta dimensión, se cambia por hábitos de vida inmanentes. Ya no pretendo buscar alternativas de relación con el otro, ni de vincularme a los otros, ahora más bien pretendo protegerme y cuidarme de los demás.
4. La espiritualidad una luz en la oscuridad en que vivimos la pandemia del COVID-19
El sentido de vida emerge de la relación de las dimensiones del ser humano y las estructuras que conforman la sociedad. En el momento en que el ser humano alcanza un nivel de equilibrio en su vida cotidiana, producto de que el desarrollo de sus dimensiones es acorde con el proyecto de vida que la persona se ha propuesto, en armonía con las personas que le rodean y acorde a las metas que se plantean las diferentes estructuras sociales, se puede pensar en se tiene un sentido de vida.
Desde esta perspectiva, el sentido de vida emerge desde la totalidad del ser humano en su dimensión individual y social. Me parece que al emerger el sentido de vida será en la dimensión espiritual donde se manifestará de una manera plena. La espiritualidad no es concepto un lógico, sino ontológico, y su ser reside en cada una de las dimensiones y estructuras del ser humano.
Leonardo Boff se pregunta al iniciar una reflexión en torno al coronavirus: “La pandemia del coronavirus nos obliga a todos a pensar: ¿Qué ́ es lo que cuenta verdaderamente, la vida o los bienes materiales? La primera respuesta es obvia, es la vida. Pero en una disquisición posterior las posturas irán cambiando, al irse señalando la importancia de los bienes para la vida del ser humano.
Pero la vida es fundamental, es la base para cualquier condición del ser humano. Al llegar el momento de la muerte la vida cesa, y, con ello, toda pasividad de acción por reacción del ser humano. Quienes consideran que hay algún tipo de vida después de la muerte, tendrá que asumir que se trata de una vida diferente al de ser humano que parte de su estructura biológica para manifestar su ser en plenitud.
La vida que venga después de la muerte, según el horizonte de creencias de cada persona, será diferente a la vida humana, ya no tendrá la carga corporal, que da sentido e identidad a la vida humana. En el evangelio de Mateo se dice que serán como ángeles, y ya no tendrán esposa, hijos, etc. (Mt. 22,30). El sentido e identidad de la persona será acorde a la dimensión que la persona asuma desde su horizonte de creencias. Evidentemente si en este horizonte no aparece la posibilidad de Dios o de vida después de la muerte, existirá ningún tipo de trascendencia, y la persona quedará atrapada en un inmanentismo solipsista, o en el nihilismo, en la nada.
La reflexión que hemos llevado a cabo hasta este momento podría dar lugar al siguiente tesis: desde la consideración de una sociedad sin alma, en donde la vida transcurre en estructuras líquidas, en las que la persona difícilmente encuentra un fundamento, hasta las diferentes tipos de pérdida o carencias de sentido en los diferentes tipos de conflicto existenciales del ser humano, manifiestan que hemos perdido la capacidad de contraer vínculos sólidos ente nosotros.
Es evidente que la normalidad de la vida se ha roto, y que es factible que esperemos una nueva normalidad. ¿Cómo será esta?.
Se pregunta Boof si acaso “¿Podemos continuar con nuestro estilo de vida consumista, acumulando riqueza ilimitada en pocas manos a costa de millones de pobres y miserables? ¿Todavía tiene sentido que cada país afirme su soberanía, oponiéndose a la de los otros, cuando deberíamos tener una gobernanza global para resolver un problema global? ¿Por que ́no hemos descubierto todavía la única Casa Común , la Madre Tierra, y nuestro deber de cuidarla para que todos podamos caber en ella, naturaleza incluida?” (Boff, 2020: 60)
Nadie sabe la respuesta, es verdad, pero no es necesariamente que no se haya podido encontrar, parece más bien que se puede anticipar que tendría que cambiar la ruta por la que caminamos hacia el futuro, y que esto implicaría también un cambio de ruta personal. Se han escrito alternativas, como “La otra vía para el futuro de la humanidad” de Edgar Morin (2011), abandonando la mercantilización de las actividades humanas, reintegrando el sentido del trabajo desde una perspectiva social , y recuperando a la madre tierra, para reordenar el sistema globalizador que nos rige. Hay tantos intereses de por medio que francamente pensarlo suena casi a utopía. Y Boff retoma entonces la frase atribuida a Einstein, “la visión del mundo que creo la crisis no puede ser la misma que nos saque de la crisis”. (Boff, 2020: 60)
La nueva normalidad deberá iniciar por un cambio en la consideración del ser humano que conduzca a una nueva forma de espiritualidad basada en el amor.
La nueva normalidad deberá asumir que la persona siempre es un fin y no un medio. Siempre será un ser humano y no un instrumento para lograr algo. En el origen del ser humano, Maturana ubica al amor como el elemento fundante que condujo al salto cualitativo del homínido a las especies humanas (Maturana, 2008: 252). El amor lo entiende Maturana como la capacidad de aperturarme al otro. Del amor surge la necesidad de comunicarse y luego del conversar, como una acción recursiva entre los hablantes. A partir de entonces la cultura empieza a ocupar los diferentes espacios humanos, hasta que al final de la evolución, tenemos al homo neandertal que aparece hace 300 mil años, y que desaparición hace 30 mil años, y al homo sapiens, especie a la que pertenecemos nosotros, y que tiene una antigüedad de 150 mil años. Es una evolución de 3 millones de años. ¿Cuánto tiempo podemos resistir nosotros y el planeta antes de que se anule toda posibilidad de vida en el planeta? Desconocemos la respuesta, lo que sí sabemos es que la nueva normalidad está a la vuelta y que debemos anticipar algunas ideas, para que la oscuridad de una sociedad sin alma se vaya disipando dando lugar luz que nos permita una recuperación como especie humana.
Una sociedad regida por el amor como fundamento del encuentro con el otro nos antecedió y fue el eje dominante de las relaciones sociales durante casi tres millones de años, hasta que hace 5 mil años se cambia la cultura matrística por la cultura patrística. Comenta Maturana:
Pero sabemos que lo que existía en Europa antes de la llegada del patriarcado desde el centro de Asia, era una cultura donde la actividad mística se centraba en torno de la madre bajo la forma de mujer, y se vivía sin guerras y sin jerarquías y, además con algo muy peculiar, sin explosiones demográficas. Llamaré cultura matrística a esta cultura europea prepatriarcal. (Maturana, 2008: 301)
El vínculo que permita a la sociedad sin alma reencontrarse a sí misma es el amor. Desde el momento en que podamos hacer que el amor sea el fundamento de las relaciones humanas habremos iniciado una recuperación como sujetos que nos permitirá conducirnos a un destino diferente. No se pide la utopía, solo pensar que las actividades básicas del ser humano partan del amor, esto es, abrirnos a la relación con el otro a partir del amor, y no la obediencia, la imposición y la coerción, tal y como ocurrió en la Era del Vacío, pero ahora sustentando las relaciones en el amor como base de la comunicación. Si se logra que la educación formal del niño se fundamente en el amor y se asume que la relación con el otro debe conducirse desde el respeto basado en el amor, y que los valores vinculantes del niño se derivan de un trato amoroso, el cambio a la nueva normalidad podría estarse fundando.
La espiritualidad puede entenderse como la dimensión en el ser humano en donde se consolida la relación con el otro como alternativa básica para la trascendencia. La espiritualidad permitirá fundamentar nuevas alternativas de re ligarme con el otro y con lo Otro. La espiritualidad es religación, y se concreta en formas específicas de vinculación con el otro y con lo Otro, basadas en el amor. La espiritualidad es el fundamento de la capacidad de aperturarse al otro. Amor y espiritualidad son dos elementos que no pueden entenderse uno sin el otro, y que bien podrían generar la luz que anule la oscuridad de la sociedad sin alma en la que se desarrollo el Covid 19.
Como producto de la dimensión espiritual del ser humano encontraremos también el sentido de vida que resultaría de la nueva normalidad. Un sentido de vida incluyente, dialogal, recursivo y profundamente amoroso, ante la cual la oscuridad de las pérdidas durante la pandemia, del dolor por las muertes sufridas, del aislamiento forzado que terminó de desvincularme del otro, de la amenaza constante de la muerte y del contagio, y en el caso de las personas que formamos el grupo vulnerable, la incertidumbre de si todavía nos queda en el camino la esperanza de volver a abrazar y a besar a nuestros seres queridos, a la familia que amamos, a los amigos que no hemos podido volver a sentir, a quienes hemos conocido durante esta pandemia de una manera muy profunda, pero que nunca los hemos podido abrazar o besar por la sana distancia. Y este sentimiento obscurece nuestro día a día, genera una penumbra que solo el amor y la esperanza de religación con otro, o con Lo Otro, nos sostiene.
La religación con el otro nos conduce a un tipo de espiritualidad que me permite trascender hacia el otro, salir de nosotros para encontrarnos amorosamente con el otro: en el día a día, en las coincidencias y en la discrepancias, en los acuerdos y en las diferencias. La espiritualidad que emerge del amor por el otro, y que fundamenta nuestro mundo de vida, nos permitirá reencontramos amorosamente en la nueva normalidad.
Me parece que la forma suprema de la espiritualidad está en la religación con lo Otro, con el Absoluto, con el Amor, con la Energía, el Cosmos, o con Dios. Esta religación es definitiva en nuestra trascendencia. En este momento habremos llegado a la religación absoluta de nuestra existencia, no como mérito de nuestra propia contingencia, sino por el amor atabsoluto de quien en su Plenitud es básicamente amor.
Ambas formas de espiritualidad no están desligadas, desde mi horizonte de creencias, considero que la religación con el Absoluto es posible por medio de la religación con el otro. Podré no haber tenido las razones necesarias para comprender la existencia del Absoluto, pero si puedo ver al otro, al que está junto de mí, al que la pandemia lo está dejando en una situación precaria, y por él siempre será posible que yo pueda hacer algo. Este el camino que nos abre a la luz plena del Absoluto: nuestra amor, nuestra mirada y nuestra entrega por los otros que nos han sido confiados.
Estas dos formas de espiritualidad emergerán en el momento en que la persona reconstruya su propio sentido de vida, basado en el encuentro amoroso con el otro y con lo Otro. Así, en la nueva normalidad encontraremos la luz que anulará la oscuridad y las penumbras que nos ha dejado esta pandemia del COVID-19 SARS COV 2. Esta espiritualidad será el motor de la tanatología que debe fundamentar la intervención tanatológica para la recuperación del sentido de vida en la penumbra y oscuridad en el amor originario de la humanidad, en la compasión por los hermanos caídos y en la esperanza por encontrar nuevas formas de re-ligación espiritual.
Bibliografía
- Bauman, Z. Vida líquida. Barcelona: Paidós Estado y Sociedad
- Boff, L. (2020) . en Alarcón, M. editor (2020) COVID 19-2, Tomo 2, Pág. 59 y ss. Colombia: Confederación interamericana de educación católica (CIEC)
- Camps, V. (2001). Una vida de calidad. Reflexiones sobre bioética. Barcelona: Ares y Mares.
- Gotlieb, Lori. (2020). Hay que vivir duelos por pérdidas, aunque sean pequeñas. Clarín. The New York Times International Weekly, 7 de abril de 2020.
- Lipovetsky, G. (1993). La era del vacío. 6ª edición. Barcelona: Anagrama
- Lipovetsky, G. (2008). La sociedad de la decepción. Barcelona: Anagrama
- Lipovetsky, G. (2016). De la ligereza. Ciudad de México: Anagrama
- Maturana, H. (2008). El sentido de lo humano. Buenos Aires: GRANICA
- Morin, E. (2011) La otra vía para el futuro de la humanidad. Barcelona: Paidós
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